Wednesday, 5 September 2018

LA DETECCIÓN DE VIDA EXTRATERRESTRE NO ES UN IMPOSIBLE

 | La detección de vida extraterrestre: ¿un objetivo no tan distante?

Márcio Catelan
La búsqueda de las primeras señales inequívocas de que no estamos solos en el universo sigue en un ritmo frenético. En los últimos años, quizás el foco principal ha estado en la detección de planetas extrasolares en las llamadas "zonas habitables" alrededor de sus estrellas-madre. En dichas zonas están dadas las condiciones para la formación de agua líquida en la superficie del planeta, tal como ocurre en la Tierra.
Muchas de esas búsquedas, inclusive las realizadas por los satélites Kepler y TESS, de la NASA, suelen centrarse en las estrellas de tipo M, que poseen menor masa que el Sol, pero que existen en mayor cantidad.
Es más: los planetas habitables asociados a esas estrellas, al igual que aquellos que orbitan a las enanas café, pueden ser bastante más fáciles de detectar que planetas habitables que orbitan estrellas como el Sol.
Por dichas razones, se ha invertido gran esfuerzo en caracterizar las atmósferas de aquellos planetas en busca de trazos que puedan ser indicativos de la presencia de vida. En efecto, ese es uno de los principales objetivos establecidos para las nuevas generaciones de telescopios extremadamente grandes (de 30 metros o más) actualmente en construcción.
 Sin embargo, aunque planetas orbitando estrellas de baja masa y enanas café puedan parecer atractivos para la búsqueda de vida extraterrestre, una mirada más detallada revela que eso no es necesariamente así. Dichas estrellas suelen poseer brillo variable y, por ende, no proporcionan las condiciones ideales para que se establezcan biósferas estables en los planetas que las orbitan. Es más, ellas emiten mucha radiación X, la que suele ser letal.
Como ejemplo, Proxima b, el planeta que se encuentra en la zona habitable de Proxima Centauri, la enana roja más cercana a nosotros, recibe en promedio unas 500 veces más radiación X que la Tierra, alcanzando peaks de hasta 50 mil veces en períodos de gran actividad.
Naturalmente, no se puede descartar que extremófilos extraterrestres existan en esas condiciones, al igual que los encontrados en los ambientes más extremos en nuestra mismísima Tierra. Si las condiciones en dichos planetas extrasolares no son las más amigables, ¿debemos entonces desistir de la búsqueda?
Mi respuesta a esa pregunta es categóricamente negativa: muchas veces, es desde dónde menos esperamos que surgen los descubrimientos científicos más importantes. Aun así, incluso si la vida en esos planetas haya podido prosperar, la posibilidad de detectar alguna señal indirecta incuestionable de su presencia sigue siendo algo bastante alejado en el tiempo. En cambio, muy cerca de nosotros existen ambientes que pueden resultar sumamente interesantes para el desarrollo de vida.
 Me refiero a algunos de los satélites que orbitan los planetas gigantes del Sistema Solar, particularmente Júpiter y Saturno. La presencia de vida en Europa, uno de los satélites de Júpiter, ha estado en el imaginario popular desde al menos 1982, cuando Arthur C. Clarke vislumbró su existencia en la novela “2010: Odisea Dos".
Pero Europa no es el único candidato: la reciente detección de moléculas orgánicas complejas en Encelado, una de las lunas de Saturno, junto con la presencia de un océano de agua líquida, sugieren fuertemente que puede ser un local propicio para abrigar vida.
Como la distancia que nos separa de esos orbes es solo una pequeña fracción de la distancia que hay a cualquier estrella excepto el Sol, la tecnología para establecer sin lugar a dudas la presencia de vida en esos locales es bastante más tangible, incluso en términos de acceso directo.
Aunque en ese caso haya dilemas éticos por resolver y protocolos rigurosos por establecer, el eterno dilema de la humanidad –¿estaremos solos en el universo?– puede estar muy cerca, espacial y temporalmente hablando, de dilucidarse.
Marcio Catelan: Doctor en astronomía de la Universidad de São Paulo (Brasil), y fue investigador postdoctoral del Centro Espacial Goddard de la NASA y de la Universidad de Virginia (EE.UU.). Actualmente es profesor titular del Instituto de Astrofísica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, miembro del Centro de Astro-Ingeniería UC, lidera el área “Vía Láctea y Grupo Local” del Instituto Milenio de Astrofísica y es investigador del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA).

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